Hace rato que hablamos y escuchamos hablar de educación. Nos parece que la cosa no anda bien, y casi resulta de buen tono abundar en los problemas de la educación actual. Estamos borrachos de interpretaciones acerca de cómo se debe enseñar, pero hay muy pocos discursos acerca de qué debemos enseñar (o aprender) hoy por hoy.
Claro que una pregunta tal conlleva una serie de trampas, ya que no es posible apelar al manual de educación que más nos acomode, además de que implica, necesariamente, hacerse preguntas en torno de lo que hoy resulta valioso.
Sin entrar mayormente en un análisis respecto del mundo en que vivimos (cosa de suyo entretenida), propongo algunos lineamientos acerca de lo que un maestro (profesor, sensei, etc.) debería producir en su discípulo (alumno, seguidor, etc.) como resultado de una práctica educativa acorde con el especial momento que nos toca vivir (sí; ya sé que todo momento es especial para el que lo vive, pero aún así vivimos momentos especiales).
En mi humilde entender, la educación debería producir en los alumnos un mínimo entendimiento acerca de la oferta que cada quien es en cuanto comunidad, y en hacer esa oferta efectiva.
De otro modo no sería posible entender a los actores del juego de la vida como autonomías significativas, esto es, como individuos-comunidad que van más allá de la mera capacidad de elegir o actuar libremente (el sueño de nuestros padres), para formar parte de alguna organización que le de sentido a sus vidas o, dicho de otro modo, que haga de su modo de ser algo eficaz o valioso para otros.
Así, educar a otro equivaldría a entrenarle en la administración de su propia vida, pero alejados de la mirada que organiza la vida en base a propósitos estrechos y definidos o como procedimientos estrictamente determinados.
Vistas así las cosas, se hace absolutamente necesario tomar en cuenta el grado de amplitud y el rango de atisbadores del futuro de los estudiantes en el momento en que definen sus compromisos.
Es decir, no me refiero a un entrenamiento orientado a obtener un grado sumo de abundancia o un grado óptimo de poder. Me refiero a un entrenamiento orientado a optimizar la efectividad de los compromisos, independientemente de que no sepamos a ciencia cierta cómo se miden los buenos compromisos.
Por último, me parece que la educación que necesitamos se diferencia radicalmente de aquella en que crecimos (y que, dicho sea de paso, se reproduce como el pulgón) en cuanto a que no está impregnada de voluntad de verdad.
El propósito de la educación no está en descubrir un repertorio completo y coherente en algún dominio en particular. Debe, más bien, centrarse en la exploración y, eventualmente, en la invención de posibilidades de acción en conjunto con otros.
¿O no?
Vía El Batiscafo
Fotografía: Ferruza
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